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A Primera vista

25 Feb

Por Beatriz González (@Batita_Gonzalez)  Justo después del almuerzo iba pasando por el pasillo del Centro Comercial, que frecuento para escaparme a comer, y lo ví. Solo nos separaba el plexiglass de la vitrina. Lo ví demasiado tiempo para estar viéndolo  por primera vez. Y me enamoré.

Me enamoré.

Le sonreí tímidamente, y me guiñó el ojo de vuelta. Y decidí lanzarme a por él. Entré a la tienda y lo tomé entre mis brazos, lo arrastré hasta el probador. Cerré la puerta con seguro, lo coloqué encima del banquito que había ahí y me desvestí con una rapidez digna de desnudista. Lo sujeté firmemente con mis manos, le bajé el cierre y empecé a colocármelo. Era un vestido estupendo, de esos que hacen voltear miradas, de esos vestidos con los que cualquier Chica Bond conquista al mundo.

Y me miré fijamente en el espejo, me ajustaba divino y me generaba el mismo placer que comerme un chocolate, pero sin las calorías. Salí del probador dispuesta a cancelarlo. Llegar, entrar, agarrarlo, probárselo, dárselo a la cajera, pagarlo, envolverlo, llevarlo. Una transacción perfecta, casi como las que hacen los hombres a la llegada de un prostíbulo.

 

Cuando salía de la tienda, satisfecha con mi compra y durante mi café de la tarde no dejé de pensar en el episodio, y en sentir que me era más fácil ilusionarme por un vestido que enamorarme de un hombre con todos los sentidos.

Evidentemente estoy en presencia del peligro que representa la confección y el diseño. He ahí el error, me paso media vida buscando a alguien que esté diseñado a mi medida, que me guste, que me luzca, que sea la horma de mi zapato, que sea el vestido con el que quiero salir todos los días a la calle, que sea el bolso que quiero colgarme del brazo. Busco un hombre que quepa entre mis piernas, que tenga la forma de mis labios, que se ajuste a mi espalda, que me abrace y me delinee la cintura.

Y allí está el problema.

La vida es una gran tienda departamental, de esas que nos venden que ”hay alguien a nuestra medida”, que sí existe la media naranja, el alma gemela, ¿pero y qué si el hombre que me gusta es de una talla más grande porque yo soy petite?, ¿debo desecharlo porque no tiene la medida perfecta? Eso es lo que me ha pasado, que cada vez que encuentro un hombre que por algún motivo no cumple los requisitos lo dejo en el perchero para que venga otra y se lo pruebe. Pero justo esa ”otra” que llegó y se lo probó encontró todo aquello que yo no percibí.

Entonces, la cuestión ya no es renunciar, sino tratar de agarrar el vestido ese que me gustó tanto pero que por cuestiones de la vida o del proveedor de vestidos no es de mi talla, y coserlo, con aguja e hilo, con mucho cuidado y tratando de no pincharme. Tal vez deba hacer alguno que otro ajuste y cerciorarme que no cambie con las temporadas, que no sea efímero como la moda.

Que sea bueno para la primavera-verano, pero que me abrigue durante la temporada otoño-invierno.

 

¿Qué tal si jugamos a vestirnos, para luego desvestirnos?

 

 

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